viernes, 11 de abril de 2014

Entre Cactus y Melodías Salvajes.

Mis manos siguen frías.
Vaya, eso me suena a canción. Quizás no sean exactamente las palabras con las que el Gran Maestro pronunció exactamente… pero es lo que más me suena en este momento, por lo que a mí alrededor canta.
Claro. Los animales tienen canciones, de la mano de las personas más increíbles. ¿Y cómo me hace sentir esa melodía?
Bueno, para que uno se dé una idea del panorama: Hace frío. Los imanes del tiempo, aquellos de un material gelatinoso imposible de saber qué elementos lo componen, están muy rosados. El tiempo se pone feo al rosado y es agradable al azul mar.
Pues, mis manos están heladas. Cuando hace frío, lo principal que se congelan son mis manos. Mis pies. Sufro mucho el frío y es por parte de mi madre.
Además, mi habitación –desordenada y revuelta, como la de cualquier adolescente a mi edad- es grande y tiene ventanas muy amplias. Como para no pasar frío, ¿no?
Soy porfiada. Ya el sol se ha escondido y yo, con frío en mi habitación. No es época de estufas…
-Recordando que tengo guantes especiales que no cubren la superficie de mis dedos, me levanto y me los pongo-.
Volviendo a lo importante… o por lo menos, el tema en cuestión.
Bien, si bien el frío, lo oscuro y lo pálido de los focos de bajo consumo de mi habitación, se ve un panorama bastante depresivo, ¿no parece?
Así es como yo estaba. Pensando una y otra vez que en verdad mi vida era mediocre. Que pasaba todo el día acostada, perdiendo el tiempo valioso. Pensaba en las demás personas, estudiando y esforzándose, colocando la pasión en aquello que más les gusta. Pensé en mi compañera que pinta en óleo, en madera, y hace cuadros propios. O la otra, quien va todos los días a una exigente escuela de piano, pero el piano es lo que más ama. O también, en las chicas que van a baile y hacen esas figuras increíbles, que van a esos concursos regionales y visitan países con su grupo de baile y así…
Y luego estoy yo. Sentada en medio de mi habitación, mirando alrededor todas mis cosas y preguntándome, ¿cómo llegué hasta aquí? ¿Qué ha pasado? ¿Cuándo estuve tan cerca de ser grande e independiente? No estoy lista.
Veo mis cajas de mostacillas sin usar, mis hilos sin atar. Las pinturas secándose en un rincón, los patines oxidándose. La pelota, pinchada y los libros juntando polvo.
¿No es triste?
Pero entonces oigo una canción. Mi padre tiene la costumbre de trabajar en el patio de casa y poner música. Toda clase de música. Rock, pop, a veces electrónica, otras lentos. Cosas en verdad extrañas.
Mi favorito, es aquél rock nacional de su época. Aquél con el que mi madre pone esa expresión soñadora, nostálgica o sonríe graciosa. Y me gustaría ver en sus recuerdos, a ver cómo era ella la primera vez que escuchó esa canción y la forma en que la afectó.
Siempre hablan de lo que fueron, y las canciones los llevan a esos tiempos.
Comúnmente, cuando eso ocurre, mi garganta se hace un nudo. Han pasado muchos años para ellos, han vivido tantas cosas. Y nosotros aquí, por lo mismo y muy rápido.
Y me doy cuenta que es así: el tiempo pasa muy rápido y uno vive muy poco. Entonces, recuerdo que estoy cerca de los 20 años. Recuerdo que debo elegir mi camino, algo que me guste, apasione y en lo que sea buena.
Me encuentro de nuevo en mi cuarto, en el medio, mirando mis cosas antiguas, indecisa. Me pregunto por qué dejé todo eso.
Y entonces, comienza una canción.
Con suaves cuerdas y un ritmo agradable. Se mueve. Y cierro entonces mis ojos.
Imagino cada una de las cosas que él canta. Pero también me veo bailando suave y sobre una superficie suave, que me lleva entre sus notas y su melodía, como si patinara en el aire.
También, poco a poco, todo toma colores verdes… amarillos… como un bosque…
Y la percusión comienza. Típica de mi tierra, pero moderna a la vez. Es… místico.
Cuando el suspendo viene anunciando lo sublime, entonces las luces del escenario se encienden. Sobre él, hay una persona que soy yo. Pero mucho más cool, mucho más segura de sí misma. Mucho más estrella.
Y con un micrófono, canta con pasión esas notas mágicas y largas… eternas…curvas y hermosas.
Con esas palabras que dejan a todos adormecidos, sonriendo embobados. Se detiene, y los colores se apoderan de todo, lo revuelven como un remolino. Me consume y me lleva. Cierro los ojos con más fuerza, apretó los puños.
Debo aguantar en el lugar donde más feliz soy.
Y mientras pienso en que debo permanecer allí, vuelvo a cantar con pasión.
La naturaleza comienza a confluir conmigo. Soy capaz de ver la hierba crecer, las hojas florecer y las ramas enredarse vigorosas.
Pero poco a poco se pierde y va bajando su tono. Un susurro perfecto, aquello que llaman exacto.
Y el suave rasgueo de la guitarra… me deja con ganas de más.
Esos son los momentos de catarsis que me poseen. Y cuando despierto, termino frotando mis manos heladas.


“Cualquiera diría que es morir y volver  a la vida”.
Imagen sacada de Devianart.